José Luis Tejeda González. Escritor/Profesor Universitario

Las teorías de la conspiración, ¿pura ficción?

23 Dic 2012 - 00:46:04
Afirmar que todo en el mundo está bajo control, que todo es una conspiración y que la gente no es más que una masa manipulable, compuesta de títeres puestos a disposición del mejor postor, de tontos ingenuos o de peones sacrificables en un juego que nunca logramos descifrar, nos pone de entrada en eso que comúnmente se le ha denominado como las “teorías de la conspiración”. De una tradición antiquísima son medievalistas en sustancia. Operan en sociedades herméticas y cerradas, secretas y conspirativas, opuestas a la sociedad libre y abierta en que supuestamente vivimos. Si tendemos a un mundo más transparente, secular y público, es desconcertante por decir lo menos, la amplia aceptación y difusión que adquieren dichas interpretaciones conspirativas. Un fatalismo y un determinismo inducido desde arriba, inhibe y desactiva cualquier posibilidad de acción, de pensamiento, de transformación que no pase por el tamiz de los “titiriteros”. Una de sus consecuencias es que sobredimensiona el peso de los poderosos y anula o neutraliza la acción realizada fuera de su juego. 

Lo primero que nos generan tales teorías es una desazón creciente, cierta confusión, mezclada con incredulidad y burla. Nos resulta imposible de concebir que la historia de la humanidad se reduzca a las acciones y los movimientos ya no digamos de una minoría, sino de un puñado de personas. Es poco creíble que se alcancen tales niveles de poder y dominio en que se somete y se involucra a millones de seres humanos que en muchos casos ni siquiera se imaginan como se mueven los hilos del mundo, da lo mismo si es a sus espaldas o delante de sus narices. Las hay de todos tipos, aunque las más destacadas aterrizan en lo político y en los juegos palaciegos del poder. Una de las más desconcertantes es la que le adjudica a una minoría criminal gobernante en los Estados Unidos, los atentados terroristas del 11 de Septiembre del 2001. El líder iraní Mahmud Ahmadineyad ha soltado dichas teorías “desquiciadas” en eventos públicos de la ONU y ha sido suficiente para que la gente abandone la sala. Como les afecta en sus intereses, le descalifican por completo, aunque en muchas ocasiones los Estados Unidos sostuvieron tesis conspiradoras acerca del poder rojo mundial. Y si no ¿Qué era eso de la penetración e infiltración comunista en el mundo libre? En dado caso se están manejando a conveniencia de las partes. Las teorías de la conspiración tienen sin duda un alto grado de especulación estéril, de planteamientos descabellados y cosas por el estilo. Querer reducir todo a una conspiración es además de absurdo, ilógico e inconsistente. 

Eso no obsta para que quitemos la mira, sobre la existencia de macropoderes sistémicos, de poderes globales, de grupos y tendencias autoritarias y totalitarias que empujan en la dirección de un mundo altamente controlado, sometido y dominado. En los regímenes comunistas se acusaba de “paranoicos” a todo aquél que descubría la realidad escalofriante de un poder totalitario puesto por arriba de la gente común, de los no encuadrados en la lógica del poder militante. Los “paranoicos” tenían razón y aquellos que les señalaban eran cómplices del sistema totalitario. En los Estados y sistemas con una alta presencia de la policía política, el poder oculto es tan influyente y siniestro, que controla, somete y domina el cuerpo social y político. En eso coincidían totalitarismos de izquierda y derecha, antiliberales, antiindividualistas, devotos del encuadramiento y el acuerpamiento de personas y colectividades. Solemos decir que los extremos se tocan y así convergen los autoritarismos de antes y de ahora, en el desprecio al pensamiento y al actuar independientes, en el quiebre de la clase media, que modera las salidas “definitivas”, dictatoriales y militarizadas. Se juntan en el miedo y en el odio a las libertades personales y a la democracia, como poder de los de abajo, para obligar a la autoridad a respetar a los individuos, ajustarse a la ley y obrar con prudencia. Todo esto sale sobrando cuando se trata de imponer la voluntad de los “titiriteros”.  

Occidente estaba al margen de tales aberraciones del poder. Sólo era la apariencia, ya que los poderes invisibles y en la sombra actuaron desde la era medieval y le sobrevivieron. Eso ha dado pie a toda clase de especulaciones, elucubraciones y fantasías, que suelen ser desquiciantes. En algunas ocasiones dichas tramas son reales o resulta cierto parte de lo que se dice. Sólo la gente ingenua puede suponer que todo se maneja en términos angelicales, equitativos y justos. Menos aún en lo relativo al poder, asunto endemoniado de por sí. Es tal el conflicto, el antagonismo, la ambición y la vocación de poder que más allá de los entramados legales, formales y visibles operan tramas oscuras que están fuera del alcance de los poderes establecidos ya no digamos de los ciudadanos comunes. Suponer que todo se puede controlar por unos cuantos individuos en la cúspide de la pirámide política es sobredimensionarles. Rechazar que existan tales intenciones y propósitos es pecar de “bobos”. El poder global y sus ramificaciones están cargados de contradicciones y conflictos, se dividen y se reconcentran. Tienden a imponerse sobre todo, no pueden y se pliegan. Vuelven al acecho y les falla otra vez. El “poder” omnipotente deja de ser tal, cuando no “puede” manejarlo todo. Eso echa por tierra las pretensiones totalitarias de los conspiradores. En el mundo por lo menos no hay un solo centro de poder. Hay varios, que se enfrentan, se unifican, se desdoblan en un juego que escapa a cualquier proyección maquiavélica en las alturas. Algo similar ocurre en las derivaciones nacionales. Sólo en el totalitarismo nazi y comunista se impusieron por completo. Y así les fue. 

Una de las teorías conspirativas más en boga se incubó en grupos antisemitas y antimasónicos, de raíz conservadora y de la derecha católica que le adjudican a los judíos el afán por controlar y dominar el mundo. La disputa de cristianos y judíos es mucho más remota que la modernidad, con sus categorías y definiciones ideológicas y políticas. Los judíos son tratados como chivos expiatorios en varios momentos de la historia mundial. Perseguidos, humillados y ofendidos por la intolerancia cristiana y del Vaticano, juegan un rol relevante en la gestación del capitalismo y luego en el socialismo y comunismo. Eso refuerza la interpretación conspirativa sobre un poder que crea un mal y luego su remedio, manteniendo el control del proceso completo. Una vez más estamos ante una perspectiva reductiva, que interpreta realidades complejas por el manejo discrecional de una minoría superpoderosa. En la II Guerra mundial, los nazis se apoderan de la tradición antisemita y ubican a los judíos como la raíz del problema nacional en Alemania. Víctimas del nazismo, padecen los peores excesos de la última guerra mundial. Sobreviven a la guerra, se les entrega el Estado de Israel y se fortalecen a la larga. A diferencia del pasado alcanzan tal poder, en la industria y las finanzas, en los medios de comunicación masiva, en la academia y en la cultura, que su peso en los asuntos mundiales deja de ser una especulación más y se trata de uno de los lobbies globales más poderosos. Con el sionismo pasan de ser víctimas a volverse victimarios en el Medio oriente ante los palestinos y en diversos rubros de la vida occidental.  

Lo anterior sirve de ejemplo, de cómo una teoría descabellada, debe ser puesta en la tierra. En ocasiones no es más que eso, una “bola de humo”, trabajo de “contrainteligencia”, “una falsa bandera”, una pantalla u otra forma de encubrir o ensombrecer la realidad. Hay que cuidarse de exageraciones y de elucubraciones sin sentido, sólo que ahora si nos enfrentamos a macropoderes globales, regionales y nacionales que están en condiciones de materializar realidades espeluznantes, que pasan por la intromisión en la vida privada de las personas y llega a niveles de injerencia total sobre la existencia de la gente. El poder económico altamente concentrado, el manejo de la tecnología y la discrecionalidad e impunidad con la que operan grupos e “instituciones” pone a la gente a expensas de lo que decidan poderes mayúsculos fuera de control y regulación. Los Rothschild o los Rockefeller en el ámbito internacional o Carlos Slim, Lorenzo Zambrano o Emilio Azcárrraga Jr. en el nacional están en condiciones de operar tal estrategia de poder, que a su vez va limitando y cancelando libertades y derechos, les amplía su posibilidad de someter y dominar más fácilmente un país, una nación o al mundo. Una trama de estas proporciones es la que lleva al PRI de regreso al poder en México y a Peña Nieto a la presidencia del país. Se ponen de acuerdo los poderosos y las elecciones constitucionales salen sobrando, son mero trámite. Así destruyen la democracia. Lo que salva a la población es la existencia de fisuras, diferencias, contradicciones en las alturas. El capitalismo funciona sobre la base de la competencia, aunque en momentos determinados opera por la cartelización, es decir, arreglos y acuerdos corporativos para los negocios y aún más allá. Ahí está una de las tendencias al autoritarismo y al totalitarismo más claras. 

El narco es uno de los poderes fácticos incontrolables y aún peor porque es ilícito. Con ellos se gobierna desde el crimen organizado. Y la capacidad de respuesta de la sociedad civil es mínima e inexistente. Uno de los puntos de contención de los ciudadanos ante el poder descomunal es la existencia de un sistema jurídico. Cuando dicho Estado de derecho se vuelve una nulidad como pasa en los narco Estados como es el caso mexicano, las líneas de la defensa de las personas se reducen a lo más mínimo. Este es uno de los motivos por los que el regreso priísta es un retroceso brutal. Es la “institucionalización” de la impunidad y la corrupción. En los 6 años siguientes intentarán minar el poder de la resistencia social hasta restablecer el viejo régimen, tan autoritario como cualquier otro en el mundo. Aquí las teorías de la conspiración palidecen y son rebasadas por la burda realidad mexicana. El PRI no es un partido político solamente. Es el vetusto Estado mexicano que vulneró derechos y quebró libertades una y otra vez. Les cae como anillo al dedo a las tendencias autoritarias globales y nacionales. Los incidentes y la provocación del 1 de Diciembre son una clara advertencia de lo que representan. La presencia de “civiles” infiltrados y provocadores es una prueba palpable de las tramas y conspiraciones que se arman desde el poder y la impunidad. En México eso lo sabemos de sobra. Y desgraciadamente lo padecemos.    
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