José Luis Tejeda González. Escritor/Profesor Universitario

Las falacias de las "reformas estructurales".

16 Agos 2013 - 20:27:45
Las falacias de las “reformas estructurales”. Las han adornado con un título rimbombante, atractivo, que llame la atención y resulte convincente. Las tan sonadas “reformas estructurales” quieren persuadir nada más con el puro nombre. En el lenguaje de la tecnología, a los avances en la materia se les agrega lo genético. Son de segunda o de tercera generación, se dice. En la evolución de los artículos y productos, las adecuaciones y actualizaciones se ofrecen como si fueran de una nueva generación. La motivación de la tecnocracia no admite dudas. Les inspira lo tecnológico. Así, para añadirle presentación, las reformas estructurales son de primera, segunda, tercera, o de alguna generación por venir. Su presencia y secuencia despótica no admite réplicas. Las reformas estructurales son necesarias e indispensables y sin ellas las naciones no progresan y avanzan, se repite hasta la saciedad. Se les ofrece como la varita mágica y no queda de otra. Una falacia se va montando sobre otra.

¿De dónde provienen las reformas mentadas? ¿De verdad son tan indispensables? ¿A qué intereses representan? ¿Cuál es su origen y porque se les da tanta importancia? Si se desconoce como funciona el mundo y como opera la globalización, no faltara quién se desilusione al conocer que las reformas estructurales, no son más que el nombre impresionante y apabullante, que encubre los intereses del capital global, de las empresas y corporativos multinacionales que manejan el planeta y que están transformando naciones y gobiernos, individuos y colectividades, para adaptarlos y someterlos a lo que les conviene. En los círculos del poder multinacional, en los “tanques de pensamiento” (think tanks) globales, a través de los medios de comunicación y sus personeros, se identifican, se señalan y se priorizan cuáles son los puntos centrales y cruciales de las agendas de las naciones. Las “reformas estructurales” se ofrecen como la panacea para que las naciones sigan siendo viables, reciban la aprobación de los órganos del poder económico y se les premie con la confianza y la credibilidad de la “comunidad internacional”. Se vuelven circulares y despóticas. Resultan adictivas. Se les tiene que sacar adelante para que la inversión fluya y la economía prospere. Si se les obstruye y no pasan, la economía internacional presiona y desafía las cada vez más debilitadas soberanías nacionales. Al plegarse a las reformas estructurales, las naciones son cada vez más dependientes. Van perdiendo la condición nacional con el paso del tiempo. El clamor por ellas no está en la calle, en las viviendas, en los talleres o en el campo. Ningún mexicano sin intereses creados, pide a gritos que se aumente el IVA, se privatice el petróleo o la energía eléctrica. No nos engañemos con eso.

Una de las desgracias del panismo y de la transición democrática malograda en México, es que se tuvieron que empatar y compaginar el proyecto del cambio político, con las necesidades apremiantes del poder económico. La empresa privada tomaría el ascenso del PAN a la Presidencia de la República como una victoria corporativa. En sus cálculos, un gobierno comprometido con los intereses del capital, les facilitaría la vía para la privatización de los bienes públicos de la nación. Las “reformas estructurales” son un título engañoso para encubrir el programa global del fortalecimiento de los corporativos privados en detrimento de las naciones, los bienes públicos, las colectividades y los ciudadanos. En términos crudos, empresas multinacionales cada vez más y más poderosas imponen sus intereses económicos y corporativos, por encima de soberanías, leyes, libertades y derechos. La dificultad que la democracia les crea es que resulta más que un estorbo, porque se tiene que administrar, gobernar, conciliar y tratar con  otros intereses, sobre todo con los populares, siempre latosos e incómodos. Cuando la expectativa democrática es alta, los ciudadanos exigen y reclaman, el pueblo no se deja y se complica la aplicación de la agenda globalizadora empresarial. Entre otros motivos, los empresarios optaron por el regreso del PRI al poder nacional, para que la vía autoritaria les garantizara la consumación de otro paquete de “reformas estructurales”. El PRI ofreció la falacia de ser un factor de estabilidad y gobernabilidad ante la crisis provocada por la guerra calderonista contra el crimen organizado. Otra gran falacia, es que serían los artífices privilegiados para sacar adelante las reformas pendientes, fundamentalmente la energética, que busca privatizar el petróleo y la fiscal, que pretende extender el IVA a los alimentos y las medicinas. Todo lo demás es secundario, ante este par de reformas abortadas y pendientes, que la transición democrática bloqueó y obstruyó. Un PRI reposicionado, con un PAN y un PRD paraestatalizados nos acerca al otrora escenario político de un partido dominante, como instrumento de control y dominación de los intereses del capital global contra el pueblo mexicano.

La letanía priísta y más específicamente salinista, maneja la versión de que durante la última administración de la presidencia imperial (Salinas de Gortari), se sacaron las reformas estructurales que modernizaron al país. A partir de la gestión zedillista, del ascenso electoral de las oposiciones y la llegada de los gobiernos divididos, las reformas se ralentizaron y se perdieron oportunidades para el país. Una falacia completa. Las últimas administraciones priístas saquearon por completo a México y sobre todo, desmantelaron al Estado para sustituirlo con un complejo de intereses privados, que se confunde con las mafias y con la delincuencia organizada. El tipo de empresario privado, voraz, inescrupuloso, adquiere más y más fuerza. Son quienes auspiciaron el regreso del PRI a la Presidencia de la República, para profundizar la vía privatizadora marcada desde finales del siglo pasado. El gobierno de Fox, ligado a los intereses empresariales, apenas si pudo impulsar la agenda corporativa. A mediados de su sexenio, intenta sacar adelante la reforma fiscal con el aumento al IVA a los alimentos y las medicinas. El PRI se opuso y particularmente la fracción que años después recuperaría el Ejecutivo federal (Grupo Atlacomulco-Edomex). La reforma fiscal impulsada por el foxismo, aliado con Elba Esther Gordillo y el SNTE es derrotada y archivada durante años. Ninguna de las llamadas “reformas estructurales” sale adelante durante la primera gestión federal panista. La impotencia y la frustración empresarial eran significativas. El gobierno de Calderón, al relevo sexenal, cohabita con el PRI y se echa en sus brazos ante la presión y la movilización lopezobradorista. De la mano del PRI, el segundo gobierno del blanquiazul impulsa la reforma a la Ley del ISSSTE, que privatiza las pensiones y es presentada como la gran reforma que acaba con la parálisis legislativa. Arman, tiempo después, una reforma fiscal parchada, que no puede abordar el tema del aumento al IVA en alimentos y medicinas y deja insatisfechos a muchos. Sacan adelante una reforma energética a medias y consensada incluso con un sector del PRD, que abre la posibilidad del contratismo privado en Pemex. Medidas privatizadoras todas, aunque tibias en algunos casos, hasta que el PAN le regala al gobierno entrante de Peña Nieto, una reforma laboral que flexibiliza las relaciones laborales, aumenta la precariedad y vulnerabilidad de los trabajadores. Le dan más poder a las empresas privadas, ante trabajadores y empleados cada vez más sometidos y debilitados.

Durante los gobiernos panistas, el blanquiazul estaba particularmente interesado en la aprobación de las “reformas estructurales”. El PAN está bastante plegado a los intereses de los grupos empresariales. Se quisieron congraciar con los mismos y extender el mandato más allá de dos sexenios. El PRI se opuso a todo el paquete de las “reformas” precisamente por eso. Dueños y detentadores de una parte del sistema político mexicano, trataron de gobernar e imponerse en ausencia, para que el panismo fracasara y se demostrara lo inviable de la alternancia. Ubicados entre el voto electoral y popular, cada vez más importante para definir políticas públicas y los intereses de los poderes fácticos que prácticamente mandan en todos los partidos, el PRI vendía caro su amor en cuanto a las reformas en cuestión. Ante las más lesivas, como la fiscal al generalizar el IVA o la privatización del petróleo, los priístas le sacaron la vuelta una y otra vez, mientras fueron oposición. Le temían a la respuesta electoral de los votantes que les podían castigar y bloquear la posibilidad de su regreso a Los Pinos. A su vez, pretendían ser una oposición responsable, según ellos, a diferencia de la izquierda perredista que rechaza frontalmente el meollo de las reformas estructurales. Al llegar a la Presidencia de la República, el comportamiento priísta varía sustancialmente. Ahora muestran un  interés creciente por las reformas pendientes, ofreciendo la imagen de que con su retorno las cosas vuelven a la normalidad y se recupera la senda privatizadora, interrumpida por la transición democrática. La realidad es más bien otra, la del retorno de un PRI desvencijado, en una sociedad y un Estado virtualmente en situación de descomposición, que toma por andaderas al PAN y al PRD. Estos agrupamientos, convertidos en “paleros” de nuevo tipo a partir del “Pacto por México”, le dieron aire a un retorno priísta mucho menos triunfal de lo que se esperó y más bien traumático, por los efectos regresivos que está generando.

En un mundo que cambia vertiginosamente, en México se cometió la brutalidad de regresar la rueda de la historia. Se han  llenado la boca hablando de transformación y de que están moviendo al país, pero el único cambio que proponen es el de la privatización, que en muchos lugares del mundo ya se agotó. Con más razón en México, si nos atenemos al tipo de empresa privada que predomina, de nacionales y extranjeros. Era de esperarse que la expansión de la sociedad civil y el debilitamiento del Estado autoritario priísta, llevaría al fortalecimiento de una sociedad democrática. Y caímos en lo contrario, el apuntalamiento del autoritarismo, el regreso del PRI, su defensa como “salvación de la nación” y otras sandeces por el estilo. A decir verdad, el retorno del PRI, se mueve en tres ejes, unidos entre sí, que explican la regresión política y su pretendida funcionalidad. Uno es que el PRI se presenta como el partido garante de una seguridad y una estabilidad perdidas, por la guerra panista contra el narco. Abiertamente se llegó a hablar de arreglarse y pactar con la delincuencia organizada, lo cual es bastante absurdo. Tan es así, que el mismo gobierno priísta ya “detuvo” a un capo (El Z40), para “demostrar” que hace algo contra el hampa. Es prácticamente imposible volver a la paz narca de antaño, como si no hubiera pasado nada. La aparición de “guardias comunitarios” en poblaciones rurales refleja la dificultad de este asunto. Si policías y militares sirven al crimen organizado, la población toma la justicia en sus propias manos y se arma. Nadie tiene derecho a reclamarles nada, si el Estado está coludido con los criminales. El otro eje del regreso priísta es la aprobación de las reformas estructurales pendientes, bajo presión empresarial, que desencadenara las protestas y el rechazo de un sector importante del pueblo mexicano. Ya estamos en eso. El tercer eje y definitivo, es la reimplantación del autoritarismo y la destrucción de la democracia. Los argumentos reaccionarios y fascistas acerca de que la democracia es cosa de minorías y clases medias, sólo coadyuva a que la vía autoritaria de la república y la democracia simuladas se presenten como una alternativa nacional. No lo son, pues en sustancia se trata de un antiproyecto. Se niega el proyecto democrático, se anulan libertades y derechos, hasta obligar a la población a la aceptación de la realidad, injusta y cruel como es. La narcotización y militarización del país, más ligadas de lo que nos imaginamos, ya están imponiendo un orden ilegítimo y arbitrario en varias zonas del país.

El cálculo original en el regreso del priísmo es que sería apoteósico. En vez de elección, la sucesión del 2012, olía a coronación, a través de los medios de comunicación, la complacencia de los poderes fácticos nacionales y globales y la reconstrucción de la pirámide autoritaria. No contaban con el rechazo social a la candidatura del ungido. Peña Nieto gana en unas elecciones controvertidas con un porcentaje por abajo del 40 por ciento. Dista mucho de ser un personaje popular y los golpes mediáticos que ha dado, se esfuman como la espuma. Con la detención de la Sra. Gordillo le trataron de dar un poco de oxígeno y al paso de los meses, se diluye su impacto, ante otros actos de impunidad del régimen priísta. El caso de Andrés Granier en Tabasco obedece más a la presión del nuevo gobierno perredista estatal, que al interés federal por darle seguimiento. No pudieron protegerlo y lo entregaron. En materia de seguridad pública, proceden a silenciar el problema, sin resolverlo y la violencia e inseguridad siguen en algunas entidades, mientras en otras se intensifica. A través del “Pacto por México”, aprobaron un par de las llamadas reformas estructurales. En la reforma educativa se nota el sesgo proempresarial, sobretodo en la evaluación de los profesores. Los maestros son susceptibles de evaluación con implicaciones para su estabilidad y situación laboral. El reino de los grandes magnates privados es intocable, inaccesible a cualquier incidencia o evaluación social. El programa privatizador y globalizador lo están sacando adelante, paso a paso, firmemente. La reforma de las telecomunicaciones, aparentemente más consensual, neutral o universal, trasluce también el peso de los intereses privados. Un ejemplo de ello, es que se toma como un gran triunfo el que se eche andar una tercera televisora nacional. El único problema es que será propiedad del primer multimillonario del país (Carlos Slim). Y a esto le llaman la democratización de los medios. Nada o muy poco se hizo en materia de fortalecer los espacios televisivos y radiofónicos de la sociedad civil, las comunidades organizadas o los grupos ciudadanos. Un consenso engañoso, pues. Lo importante, es que ya no hay tregua y el PRI-gobierno tiene que asumir sus compromisos con el capital global y nacional para sacar adelante las reformas pendientes, impopulares y sensibles. Aumentar los impuestos y extender el IVA a productos exentos como los alimentos y las medicinas, es bastante amargo. Más aún, con el agravante de que los privilegios fiscales siguen y seguirán para las grandes empresas. Y, al final de todo, el asunto medular es el del petróleo. Los empresarios exigen la privatización llana y clara de Pemex. El PRI ya no les puede sacar la vuelta. Les están cobrando la recuperación de la presidencia de México. Nada es gratis y menos en política. En la hora de las definiciones, el PRI no la tiene fácil. Ocultan, con el eufemismo de la modernización, la intención privatizadora de fondo. Se acaban las medias tintas y los mexicanos nos iremos dando cuenta, lo doloroso que es soportar y enfrentar el regreso a la vieja realidad política. La existencia de la nación ya está de por medio.
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