José Luis Tejeda González. Escritor/Profesor Universitario

El ajedrez político-electoral.

17 Avr 2012 - 11:33:49
Segunda llamada. Faltan ya menos de tres meses para las elecciones federales de Julio, se han definido los candidatos presidenciales de todos los partidos políticos y arrancaron las campañas electorales. Peña Nieto queda confirmado como el abanderado priísta. Josefina Vázquez Mota le gana la candidatura panista al favorito presidencial Ernesto Cordero. Mientras, López Obrador deja fuera al jefe de gobierno capitalino Marcelo Ebrard utilizando el mecanismo de las encuestas que tanto le inquietan y ha cuestionado. El cuarto candidato, Gabriel Quadri por el Panal, apenas merece una mención como tal, al ser una opción testimonial de un partido bastante desacreditado. Así que nos guste o no, de los tres candidatos fuertes saldrá el próximo presidente del país, salvo que se diera un acontecimiento sumamente extraordinario. Como si se tratara de un tablero de ajedrez, cada movimiento de uno de los actores, desencadena la respuesta de los otros contendientes. A la lucha sucesoria se le llega a comparar con el juego de mesa, aunque en este caso es una disputa de más de dos y con sujetos de carne y hueso.   

Según lo que marcan las intenciones del voto, existe una amplia porción del electorado que se manifiesta indeciso. A mucha gente no le acaba de convencer ninguno de los candidatos presidenciales. Un buen porcentaje de los electores potenciales, aproximadamente un tercio de los mismos, aún sigue en la indecisión. Estamos ante una elección abierta e indeterminada. Quien diga lo contrario es que está haciendo proselitismo por su causa y se está engañando a los ciudadanos. Ahora bien, entre los indecisos hay de todo, desde la gente apática y desinformada que decidirá a última hora, que les importa muy poco la justa electoral y abominan la política, hasta quienes son de un alto grado de exigencia, y por estar bastante bien informados y documentados, no les llena el ojo ninguno de los suspirantes. Ya han salido por ahí expresiones políticas que llaman a la anulación del voto. Un sector fluctuante de indecisos, se espera al desempeño de los candidatos en las campañas electorales, los debates televisados y la evolución de las intenciones del voto. Aún es una incógnita, si en la recta final será una elección de dos, de tres o si el puntero se vuelve inalcanzable. Además de los imponderables en las semanas por delante, uno o varios escándalos mediático-judiciales, políticos o electorales pueden modificar el orden, la jerarquía y las distancias en las intenciones de voto.  

Es de tomar en cuenta los bajos niveles de credibilidad al que han caído las encuestas electorales. Utilizadas originalmente como una herramienta conservadora, su objetivo es prefigurar un resultado esperado y desactivar sorpresas. Las compañías encuestadoras están al servicio de poderes empresariales, corporativos y mediáticos que se vuelven actores del proceso electoral. No sólo registran, también inducen, con más razón si levantan el estudio de opinión por encargo de alguien. En esta elección, la mayoría de las encuestadoras, junto con los medios de comunicación masiva con los que se entrelazan, trabajan abiertamente por ungir a Peña Nieto como el presidente inminente del país. Han preparado el escenario desde hace algunos años. La presentación de una nueva encuesta es más un acto de campaña electoral que otra cosa. El complejo empresarial, mediático y militar empeñado en restablecer el régimen priísta eleva a Peña Nieto por las nubes, para decir que es inalcanzable y desalentar las otras opciones. Falta ver si se salen con la suya. En múltiples casos las encuestas han sido rebasadas por la realidad electoral y por el comportamiento de los votantes. En las elecciones estatales del 2010, varias encuestas le otorgaban el triunfo al PRI en todos los estados y es de sobra conocido que perdieron Oaxaca, Sinaloa y Puebla ante las alianzas opositoras de PAN con PRD. Así que no cabe duda de que fallan. Son un instrumento de medición electoral que se debe tomar con cautela, sin negarlas por completo. Tomarlas en cuenta, en su justa medida. Ni mucho menos, ni mucho más. El subjetivismo de la izquierda mexiquense le apostó a que ganaría en las urnas en la elección de gobernador del 2011, más allá de lo que decían las encuestas. El resultado les desmintió rotundamente. Algo similar se repite con el panismo en Michoacán meses después, aunque ahí los estudios de opinión ofrecían resultados contrastantes. Las encuestas electorales son un parámetro de medición, que se debe tomar con mucho cuidado. El único resultado verdadero emanará de las urnas en la elección constitucional. 

El primer hecho relevante del proceso electoral es que ya no tendremos coronación presidencial. El plan inicial de los poderes fácticos en el país, era restablecer el viejo régimen con todos sus protocolos engorrosos, sus estructuras vetustas y sus antiguos métodos desgastados y risibles. En lugar de un acto republicano, la elección del 2012 sería la santificación del regreso del PRI, la virtual “coronación” del nuevo ungido por un sistema desvencijado. En vez de eso, se ha ido cayendo a pedazos su candidatura, hasta encender las alertas máximas por una debacle mayor. Sobreprotegido y mimado por los medios, Peña Nieto tuvo su tropiezo mayor en la FIL de Guadalajara en Diciembre del 2011, en donde se demostró su bajo nivel intelectual y cultural. Un tipo frívolo y vacío, un junior de la nueva camada de las familias priístas liderea el intento restaurador más serio desde que el PRI pierde la presidencia en el año 2000. Bastante pequeño ante los retos que se le presentan al país, no ha terminado de caer por la ausencia de opciones y alternativas en los otros partidos políticos. La intención de voto por el PRI apenas está en los porcentajes históricos, luego de una campaña apabullante en los medios a lo largo de todo el sexenio y sin parar hasta el momento. Así de limitada luce la propuesta priísta. La pretendida fortaleza del tricolor se deriva de la debilidad del panismo y de la izquierda. No es más que eso.  

Explotan al máximo el hecho de que llevan 12 años en la oposición política. Apelan al electorado más joven, que no conoció los años de las crisis económicas sexenales y recurrentes, los fraudes electorales constantes, el robo y el saqueo de la nación, la violencia de Estado y la represión como sistema. Se apoyan en un manejo engañoso al presentarse como la alternancia política. El PRI no expresa ninguna posibilidad de cambio histórico. Es un intento por reeditar el modelo de la modernización autoritaria salinista, con una administración y simulación de los cambios, en manos de una estructura de poder caduca y antigua. Se ofrecen como garantes del orden y la estabilidad cuando en la mayoría de los estados que gobiernan permea la violencia, la inseguridad, la delincuencia organizada y la represión. No todo orden es legítimo, menos aún si nace de los arreglos inconfesables del poder con las bandas del crimen organizado. La sospecha creciente es que ese orden mafioso sería restablecido por los priístas si vuelven a la presidencia de México. El PRI no representa el cambio y si expresa todo lo contrario, la restitución de mecanismos del poder y de las relaciones sociales, que millones de mexicanos intentan cambiar y modificar, porque entienden que la impunidad, la corrupción y la simulación han hundido a México. Si el PRI regresa, una parte importante de los responsables del desastre nacional, saldrían ganando con eso. Es de esperarse un retroceso en  materia de libertades civiles y democráticas, para empezar. Y es de pronóstico reservado el cálculo de cuanto tiempo le tomaría a la nación volver a desalojarlos del poder nacional.  

El segundo lugar en las intenciones del voto lo ocupa el PAN. Es el único partido en el que se da una votación electoral interna. Llegan tarde a una disputa que ya tenía a Peña Nieto y AMLO como candidatos del PRI y de las izquierdas respectivamente. La contienda interna se polariza entre Cordero, quien cuenta con el apoyo presidencial y Vázquez Mota fuera del primer círculo del poder. Esta última se alza con la victoria, siendo de entrada la primera mujer candidata con posibilidades reales de alcanzar la presidencia de la república. Dado los negativos de AMLO, era una opción atractiva para quien no quiere el regreso del PRI o la vía neopopulista de López Obrador. Al principio generó expectativas, aunque luego se estancó y llega a correr el riesgo de caer al tercer lugar en la aceptación pública. Un mal arranque de campaña en el Estadio azul y una serie de errores le debilitaron, perdiendo una oportunidad indudable de avanzar en las preferencias. Al PRI le conviene que se derrumbe, porque es la única que le puede dar una pelea seria hasta ahora. A la izquierda le aterroriza la posibilidad de quedarse en el tercer sitio y ver desde lejos una contienda polarizada entre PRI y PAN. A la estrategia priísta le cae como anillo al dedo si Vázquez Mota y López Obrador se la pasan peleando por el segundo lugar, mientras Peña Nieto sólo flota de aquí a Julio. La candidata panista ha pretendido centrar su estrategia contra Peña Nieto y alejarse del candidato perredista. No lo consigue del todo, aunque tiende a estabilizarse en el segundo sitio. Las armas que esgrime son la política de género, la alternativa de un gobierno de coalición y la atracción del voto de los indecisos, atizando la herencia del antipriísmo.  

A Vázquez Mota le resulta complicado manejar y cargar el lastre de las gestiones panistas. Ha formado parte de las últimas administraciones federales. Debe asumir lo bueno y lo malo de lo ocurrido en los últimos gobiernos del blanquiazul. Va de la mano del PAN y de Calderón, y a la vez se presenta como una opción diferente. Sabe que necesita de la administración saliente y del panismo para ganar, pero le resulta insuficiente. Se especula que en las fallas de la campaña y en su magnificación, lo mismo se dan errores propios, que interviene la mano negra de los adversarios y hasta algo de “fuego amigo”. Vázquez Mota debe enfrentar los dilemas sucesorios de un partido gobernante. En primer lugar, restañar heridas y garantizar la unidad del partido. El centro de la atención y las decisiones tendría que pasar de la presidencia de la república a la candidata presidencial. Eso implica un reacomodo que no alcanza a realizarse. Tendría que estar al mando del partido, de la campaña y de la sucesión. Dicho tránsito del poder resulta complicado. En los momentos delicados se le observa abandonada a su suerte. Recibe el espaldarazo del poder presidencial y eso estabiliza la candidatura. Calderón hace política transexenal elucubrando sobre el 2018. Antes de eso, está el 2012, y es absurdo suponer que si el PRI gana la elección este año, se tendrían elecciones democráticas en el futuro. Vázquez Mota y el calderonismo tienen sellado un destino común ante esta coyuntura política. Sería funesto que el ejemplo de Fox se extendiera en el blanquiazul y le restaran apoyo a la candidata, negociando por separado con el puntero en las encuestas. Sería catastrófico no sólo para la candidata y el PAN, sino para el desarrollo democrático del país, porque con eso se restablece el viejo régimen priísta en los hechos. En vez de eso, una elección de incierto resultado resquebraja la viabilidad de esos acuerdos y lleva la decisión a las urnas. Le resta poder de negociación a las élites y las camarillas políticas. De cómo se resuelva esto depende la evolución misma del proceso electoral, del PAN y de su candidata.  

AMLO va en el tercer sitio. Salvo la misma compañía encuestadora que le da la victoria sobre Ebrard (Covarrubias y Asociados), en todos los otros sondeos pretendidamente serios, se le ubica al final de la disputa de los tres grandes partidos políticos nacionales. Una encuesta muy reciente, la de Uno TV, los pone a él y a Vázquez Mota en un virtual empate técnico a sólo 10 puntos porcentuales de Peña Nieto. Quizás sea una encuesta aislada o tal vez exprese más objetividad ante lo que viene por delante. La compañía patrocinadora de la encuesta está ligada con el empresario Carlos Slim, por lo que se debe tomar con precaución. De momento, una golondrina no hace verano y AMLO va en tercer lugar. Él y sus seguidores han descalificado contundentemente el resultado de las encuestas y juran y perjuran que no van tan atrás y que se alzarán con el triunfo. Luce como una empresa cuesta arriba. AMLO sumó muchos negativos luego de la disputa poselectoral del 2006 y por su comportamiento durante el sexenio que llega a su fin. Se negaron a reconocer al gobierno actual y le entregaron la interlocución principal al PRI, como partido de oposición central. La izquierda estuvo a punto de fracturarse por dicha situación y si bien se revierten las tendencias a la escisión, la unidad no es tan firme y AMLO apenas si lanza una última apuesta electoral en torno a su persona. La izquierda en general y el PRD en particular han perdido casi todos los gobiernos que tenían en su poder y el movimiento lopezobradorista no gana espacios políticos y electorales. En el Edomex revientan la política de alianzas entre PAN y PRD y echan a perder una de las últimas oportunidades para frenar la restauración priísta a través de Peña Nieto. La apuesta altamente personalista en torno a López Obrador es sumamente costosa. No hacen caso de encuestas y sondeos, desdeñan la política de alianzas y todo está cargado a una respuesta mágica y sorpresiva del pueblo mexicano por el candidato del “cambio verdadero”. En estos términos, o gana AMLO o sobrevendrá la debacle. 

La candidatura de AMLO ha dado un viraje significativo. Lleva implícita una rectificación por lo antes realizado, que no le rinde demasiados bonos electorales aún. Al acercarse a escenarios rupturistas y moverse en los límites de lo institucional, AMLO enajena a sectores moderados, que tiempo después iba a requerir para ganar una elección democrática. Ese alto porcentaje de indecisos se nutre del antipriísmo, de la desilusión ante los gobiernos panistas y del fracaso de la izquierda mexicana. No hay que darle tantas vueltas a las cosas. López Obrador trata de congraciarse con el electorado que perdió y atraer el voto indeciso que va a definir el resultado de la sucesión presidencial. Pasa de una estrategia de movilización y confrontación a una de conciliación y concordia. Se desplaza a la derecha y pacta con sectores empresariales, incluso de la reacción regiomontana. Siguen sumando a expriístas de comportamiento cuestionable para seguir en el desfiguro de la izquierda nacional. Se genera desconcierto. Los duros le reprochan su actitud de “perdonavidas” y entre los otros no suma muchos adeptos. No se confía mucho en lo que se dice y en lo realizado. AMLO va con máscara por el país y debe recuperar credibilidad, antes de emprender la arremetida contra el puntero Peña Nieto. Tiene además de por medio a la candidata panista y debe alcanzar el segundo lugar y rebasar para ser el hombre providencial que detiene el regreso del PRI. Tarea difícil y titánica. AMLO le apuesta más que nadie a un escenario final de tres tercios, donde por cierto las posibilidades para que gane el PRI son también mayúsculas. Si fracasa, la movilización centrada en su persona se congelará y la izquierda deberá empezar la revisión necesaria de métodos y estrategias, liderazgos y visiones del mundo. Por ahora, la fascinación por AMLO de un sector de los votantes les hace olvidar que no estamos en el 2006 y que la posibilidad de alzarse con la victoria es más limitada que entonces. Como quiera que sea, sigue dentro de la jugada del cambio presidencial. Una sucesión que todavía está por resolverse.      
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