José Luis Tejeda González. Escritor/Profesor Universitario

El Yunque, la ultraderecha y la dictadura católica.

15 En 2012 - 12:46:51
Si algo va contra una sociedad democrática es la existencia y proliferación de organizaciones y grupos secretos más allá de cualquier control social y ciudadano. De claras reminiscencias medievalistas y antimodernas, ayudan al establecimiento de poderes ocultos, en orden descendente, que no dejan lugar a duda donde reside según ellos la legitimidad del poder y de la autoridad, o sea en las altas esferas. En la Edad Media, reyes y príncipes mandaban y gobernaban en el nombre de Dios. Religión y poder, política y religión se mezclaban gravemente. Sin libertades individuales y sin tolerancia a lo diferente, lo religioso cubría todo el espectro social. Herejías y disensiones eran castigadas con la prisión, la tortura, la hoguera y la muerte. Ante el acoso y la omnipresencia de la Iglesia, es en la secrecía y en la discreción donde se alimentaron las corrientes de opinión liberales y humanistas. Dicha tradición secretista y medievalista es bastante conocida en las logias liberales masónicas. En su contraparte, en el catolicismo militante también se extiende la presencia de grupos y poderes secretos, ligados al clero, a los empresarios y a los militares. Menos justificada su discreción y secrecía mientras ejercieron el poder en el medioevo, recurren a dichos métodos cuando se dicen perseguidos y satanizados por sus adversarios. Así enfrentan y padecen la vida moderna. 

La Iglesia católica fue la institución principal de la vida nacional en los años de la Colonia y durante la mayor parte del Siglo XIX, hasta las guerras de Reforma. Al salir de la Independencia, la religión católica era oficial y el clero era una institución que iba mucho más allá del ámbito religioso. Era una fuerza económica, política y cultural. El sacerdote estaba presente en la vida de las personas en todos los ciclos de la existencia. La disputa central del Siglo XIX mexicano se da entre liberales y conservadores y gira en relación al rol y el papel, los límites y las atribuciones de la Iglesia y la religión en el país. Los liberales veían al futuro, querían la modernidad y el progreso civilizatorio, soñaban con una nación de ciudadanos libres, recibiendo la influencia de la Independencia norteamericana y de las revoluciones inglesa y francesa. Los conservadores añoraban el pasado monárquico y colonial, protegían los intereses del alto clero, del ejército y de las clases rentistas. Una sociedad mayoritariamente rural, indígena, católica, incluso fanatizada, veía con desconfianza a los grupos liberales, que eran minoritarios, aunque servían de contrapeso a la influencia abrumadora del clericalismo político. Las reformas liberales y el juarismo cambian la historia de México para siempre. A la Iglesia se le resta poder económico, político y cultural. Se establece la separación del Estado y la Iglesia, se desarticula el capital rentista, se promueve un espacio público secular amplio y la educación nacional es laica a partir de entonces. 

La relación  entre el Estado mexicano y la Iglesia sería compleja y contradictoria desde aquellos años fundacionales. Habitualmente, se da una relación de conveniencia mutua. La Iglesia no vuelve a tener el poder que tuvo en el pasado y el Estado aprende a convivir con ella. No le conviene chocar o enfrentarse con una institución de fe a la que está adscrita la mayor parte del pueblo mexicano y al clero menos le interesa enfrentarse innecesariamente con el poder público. Este trato data de los años de la dictadura porfirista. Las leyes serían utilizadas a contentillo de ambos y ahí paraba la cosa. Don Porfirio era de formación liberal, aunque termina gobernando a la manera conservadora. Los arreglos con la Iglesia forman parte de esta confluencia liberal-conservadora, que revienta por los aires con la Revolución mexicana de 1910. El anticlericalismo en las filas revolucionarias es muy común, aunque se mantenía la religiosidad del pueblo en armas. La Constitución del 17, aún vigente, producto de la Revolución mexicana va muy a fondo en sus pretensiones anticlericales. Se castiga a la jerarquía eclesiástica por su apoyo a los poderosos de entonces. Se profundiza en la línea del laicismo liberal, en la separación de ámbitos y se les restringen los derechos políticos a los ministros de culto religioso. Al igual que en el pasado porfirista, era de suponerse que todo eso quedaría en el olvido y sería letra muerta en la medida de lo posible al retornar a la normalidad la relación del Estado con la Iglesia. Nada más lejos de la realidad que eso. 

El expresidente Plutarco Elías Calles, fundador del PNR, antecesor del PRI atiza el conflicto religioso en los 20s, aplicando con mano dura la legalidad anticlerical surgida del proceso revolucionario. Establece más control sobre la actividad eclesiástica y aplica al pie de la letra los impedimentos legales para que la Iglesia y el clero intervengan en política. El resultado va a ser devastador. La guerra de los cristeros en el Bajío contra el Estado emanado de la revolución cubre de sangre el país y extiende la violencia otra vez. La disputa es por la religión, pero va más allá. La rebelión cristera se opone al agrarismo, al colectivismo y al laicismo que alienta el gobierno central. Mientras los ejércitos revolucionarios y el agrarismo radical cerraron iglesias y fusilaron sacerdotes, los cristeros les cortaron las orejas a los maestros rurales enviados a tareas de alfabetización e instrucción pública. Era una guerra campesina y una insurrección popular de las zonas más religiosas y conservadoras contra un Estado autoritario con tintes igualmente populares. Una parte del pueblo guerreando contra la otra porción. Como toda guerra religiosa no se le veía el fin, hasta que el Vaticano y la jerarquía eclesiástica nacional se sientan a negociar con el Estado posrevolucionario, abandonando a su suerte a miles de levantados que les pasó de noche el nuevo status quo al que se llegaría en la relación de la Iglesia con el gobierno.  

De aquella Guerra cristera, quedaron reductos de las corrientes más extremas y radicales del clericalismo, el conservadurismo y la ultraderecha mexicana. De esa tradición sinarquista se alimenta la extrema derecha. Antiliberales, antijuaristas, anticolectivistas y anticomunistas a más no poder, algunos de ellos se acercan al fascismo y el nazismo en las décadas de la 2ª. Guerra mundial. Si bien se trata de una gama amplia de grupos extremistas, el sinarquismo es la expresión nacional más cercana a la ultraderecha internacional. Desde la Guerra cristera, pasaban a la clandestinidad e ilegalidad, para volver a operar con las reglas del juego de un sistema político a todas luces autoritario y excluyente. Caen en desgracia con la Guerra Fría y la condena mundial al fascismo y el nazismo. El sinarquismo se nacionaliza cada vez más y expresa la confluencia de los sectores ultraconservadores del catolicismo con un neofascismo apenas encubierto. Con esos antecedentes nace el “Yunque”, una de las sociedades secretas, ligadas a la Iglesia católica y a los empresarios, que nutren el ideario reaccionario, clerical y conservador de los últimos años. Sale a relucir su existencia, por la militancia ultraderechista de miembros prominentes del gabinete de Vicente Fox y en menor medida en el de Felipe Calderón. Al principio se negaba su existencia o se dudaba de la veracidad de la información sobre la misma, aunque ya algunos exmilitantes del Yunque reconocieron su paso por dicha organización en los años sesenta y setenta. Junto con eso se llega a decir que en la actualidad resulta anacrónica su razón de ser y es un asunto que merece pasar al olvido.  

Más allá de su existencia y de su condición secreta, nociva porque extiende una maraña de relaciones de poder oculto, se debe poner en el centro de la discusión el ideario reaccionario y antidemocrático de estas agrupaciones de la extrema derecha, en ocasiones designadas genéricamente como “El Yunque”. El diagnóstico que realizan sobre la sociedad y la política mexicanas es antimoderno en sustancia. Le achacan a la libertad humana la culpa de los males de la vida contemporánea. Le adjudican a lo laico y a la secularización de las sociedades, la causa de las desgracias de la vida moderna. Una añoranza reaccionaria por el oscurantismo y el medievalismo, les acerca a las prácticas secretas, a la imposición de prohibiciones y a detener a toda costa el cambio histórico, político y cultural. Políticamente restauradores y culturalmente conservadores, intentan en vano parar el curso de los acontecimientos, la irrupción de la libertad, de nuevas subjetividades, el desarrollo y crecimiento de individuos y colectividades. Al considerar que la condición religiosa lo es todo o casi todo, apenas si dejan espacio para la intervención humana autónoma.  

El sinarquismo mexicano y “El Yunque” de años posteriores contaban con sus propias organizaciones. Al ser perseguidos por el viejo régimen, se movieron a los márgenes del sistema político. Con el tiempo, ingresarían al PAN, en el que harían su nicho, aunque el sistema priísta les utilizó como grupos de choque y como una fuerza que contrarrestaba a la izquierda radical. Eran “El Yunque” que hacía caer el peso de la tradición ante quienes insistían a martillazos en cambiar el mundo y ver hacia el futuro. A través de organizaciones pantalla, defienden el orden y la tradición, se dicen guardianes de la fe católica y quieren imponer el reino de Dios en la tierra. La ultraderecha se opone a los cambios históricos emanados de las revoluciones modernas, a las que ven como una catástrofe. El viejo orden con sus desigualdades, su dominación y su opresión, queda justificado por ser una realidad divina y celestial. Según ellos resulta una insensatez pretender cambiarlo. La extrema derecha busca restablecer un orden perdido irremediablemente, que abarca desde el retorno a la condición estrictamente reproductiva de la mujer, las restricciones a la sexualidad y la penalización del aborto. Pasa por la validación del clasismo y el racismo, la justificación del autoritarismo y el coqueteo con la dictadura religiosa. Ni se diga lo que acostumbran hacer en lo relativo a la libre expresión artística y cultural. Censuran y prohíben todo lo que les molesta, queriendo imponer su moral religiosa a todos los demás. 

Las más recientes reformas en materia de la “libertad religiosa” van encaminadas a debilitar el laicismo, en cuanto neutralidad del Estado ante las creencias y la separación de la religión y la esfera civil. Están enmarcadas en un debate francamente engañoso, porque se habla de “libertad religiosa”, como si no existiera y no se dieran suficientes espacios para los cultos. El problema es de otra índole y tiene que ver con la relación de la religión con lo público. La “libertad religiosa” se tiene que asociar a la todavía más amplia libertad de conciencia, que quiere decir que los seres humanos somos libres de creer en divinidades o dioses o no hacerlo en lo absoluto, de profesar la religión o ideología que nos plazca, o prescindir de ellas. O sea que la libertad de conciencia es la más íntima y cara de las libertades individuales. Hace tiempo que en México no se persigue a nadie por la religión que profesa y menos a los católicos que resultan mayoritarios. Hay más riesgo de intolerancia en la relación del catolicismo con las otras religiones y los no creyentes. Ya no se puede volver y que bueno a tiempos idos en que el catolicismo era una religión oficial. Se le imponía por la fuerza, como si una creencia se pudiera coaccionar. En vez de eso se pretende que ahora la Iglesia católica salga de los templos y ocupe más espacio público, achacándole a la ausencia religiosa y de Dios, la decadencia moral de nuestra época. Es erróneo suponer que una institución de fe está libre de fallas y corrupción y que su simple presencia compensa la decadencia valorativa. Los casos de las narcolimosnas y los sacerdotes pederastas confirman lo antes dicho. Las instituciones religiosas también están sujetas a revisión, deben apegarse a las leyes civiles y estar limitadas a lo estrictamente religioso. Lo otro es intentar volver a tiempos ya superados y de los que costó mucho trabajo salir. La extrema derecha sueña con anular y cancelar libertades, con restablecer prohibiciones y acercarnos a una dictadura celestial. Objetivos todos ellos inadmisibles en pleno Siglo XXI. 
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