José Luis Tejeda González. Escritor/Profesor Universitario

Dar la espalda a los mass media.

29 Feb. 2012 - 12:51:51
Hubo una vez un tiempo en que no existía la televisión. La información fluía por la prensa escrita y las revistas. Las celebridades salían de la industria del celuloide. El tiempo para el juego, el ocio y el entretenimiento se repartían entre la casa, la calle, las plazas públicas, los parques deportivos y otros centros de recreación. Los medios de comunicación masiva ya habían irrumpido con sus efectos asombrosos sobre la identidad y el comportamiento de las personas, las relaciones sociales y la condición humana misma. La tecnología y el mercado apuntalando cambios con o sin consentimiento social. A través del micrófono, una persona podía hablar con otra a la distancia o dirigirse a una multitud, a una audiencia masiva. El teléfono liberal e individualista unía a las personas. La radio, democrática y colectivista le hablaba a millones. La imagen apenas se había hecho presente, aunque de la unión de la radio y el cine salen los grandes iconos colectivos de la primera mitad del Siglo XX. Había nacido el potencial de los medios masivos.

Eso no era nada comparado con lo que vendría después, con el nacimiento de la televisión y la entrada de la pantalla chica a los hogares, a las habitaciones y a la vida cotidiana de las familias modernas. En el televisor se buscaría la información, la diversión y el entretenimiento que antes estaban dispersos. En torno a la pantalla de la televisión se concitaba la atención de familias enteras como el altar de la última novedad de la tecnología. Pan y circo, era la combinación perfecta que utilizaban los emperadores romanos para mantener controlado y sometido al pueblo en el mundo antiguo. Ni duda cabe que la televisión es el circo de la modernidad capitalista. Un instrumento poderoso de control y penetración cultural como es la televisión serviría para la homogeneización de la sociedad de masas. La imposición de gustos, estilos, deseos, identidades y aspiraciones es tan suave, que apenas si nos percatamos de ella. Aparece muchas veces como una libertad de elección. Un mundo orientado al consumo, el hedonismo y la evasión encuentra en las pantallas televisivas la identidad y el alter ego, la distracción y la recreación, el refugio y el consuelo, después de pasar por dos guerras mundiales y experimentar la zozobra de la Guerra fría y del fantasma del holocausto nuclear. 

La televisión llega a México en plena modernización alemanista. Bajo el amparo de la integración del país con los Estados Unidos, los mass media van a ser el emblema de la sociedad urbana e industrial, individualista y de masas. La primer emisión televisiva al país, es el Informe de gobierno del presidente Alemán en 1950. No podía ser más representativo de la fusión de intereses del Estado con los medios masivos, del enrolamiento corporativo de la televisión comercial con  el régimen priísta. El alemanismo expresa el ascenso de un civilismo modernizante, de los cachorros revolucionarios, acompañado de la corrupción institucionalizada y el uso sistemático de los instrumentos represivos del Estado. La televisión mexicana proyecta un país modernizado y registra el paso de una nación rural que llegó a ser mayoritariamente indígena a una sociedad urbana y masificada, con una clase media, hecha a imagen y semejanza del progreso anhelado. Los medios masivos y en particular la televisión, acortan distancias, comunican e interconectan. Las imágenes y símbolos, estereotipos y standares de vida, se importan cada vez más y el american way of life, entra en el imaginario de las clases medias y urbanas por la vía de la pantalla chica. México se integra cada vez más a los Estados Unidos de la mano de la televisión privada. 

La magia y la fantasía de la televisión nos hace olvidar o minimizar la trama de intereses económicos y corporativos que están detrás de ella. A mucha gente ni siquiera le importa, porque la televisión alienta el conformismo y la complacencia, la apatía y la pasividad ante el mundo. Millones de personas encuentran en la televisión el refugio ideal para el goce y el placer, el desahogo y el escape, el uso extendido del tiempo libre y el ocio, un espacio predilecto de la intimidad y la privacidad. Y quizás sería irrelevante lo que esconde, si no fuera porque la televisión influye en la formación, en la educación, en el carácter de los individuos y de los agregados colectivos. Eso le da un poder inusitado y descomunal a los consorcios corporativos que manejan los mass media. Informan, deforman y malinforman según sea la circunstancia, los intereses en juego y la conveniencia de los mensajeros. Crean realidades, oscurecen y niegan otras tantas, hasta generar una hiperrealidad que rebasa cualquier cosa existente. Un amplio sector de la población se forma una identidad, una opinión y un juicio a través de la mediación comunicativa. La tutela y el consentimiento, el mando y el sometimiento pasan ahora por el efecto deslumbrante de los mass media. Y apenas es necesario recordar que los medios están ligados a la publicidad y la mercadotecnia, al afán por vender más allá de lo necesario y de lo indispensable. La prensa desde sus orígenes, combina la nota informativa, la opinión editorial con el anuncio de ocasión o publicitario. Ya no se diga como se repite esto hasta el cansancio en la radio y la televisión. 

La división del trabajo entre economía y política, entre grupos empresariales y clase política funciona en los años cumbre del príato. En materia de medios de comunicación no es la excepción. Cada quien a lo suyo en condiciones de una subordinación de los empresarios al régimen político. El sometimiento de las empresas mediáticas al poder del Estado priísta era total. Según la Constitución, en México se garantizaba la libertad de expresión. En la realidad, el gobierno tenía el monopolio del papel, por lo que cualquier diario o revista que pasara por encima de la censura gubernamental, le cortaban el suministro de la materia prima y se les acallaba sin mayor estruendo. Las concesiones de radio y televisión se otorgaban por el Ejecutivo federal, operando bajo un control y una censura fuertes. La televisión privada, Televisa en particular, siempre manifestó su lealtad y su incondicionalidad al régimen priísta. Emilio Azcárraga Milmo dijo sin contemplaciones que era un soldado al servicio del priísmo. Oscilando entre los coqueteos con los nazis de algunos directivos de la empresa de la comunicación y su filiación priísta, el objetivo de la compañía era preservar el status quo del orden posrevolucionario enfilado a la modernización, controlar y manipular la opinión pública y mantener en un estado permanente de minoría de edad al pueblo mexicano. Un amplio espectro de la programación televisiva estaba dedicada a los sectores más atrasados y rezagados del país, a entretenerlos y distraerlos, a servir como vacuna, droga y aliciente, como una prevención eficaz ante posibles brotes de rebeldía o inconformidad social o política.  

La irrupción de los mass media en la política electoral es paulatina. Van de menos a más y pasa de la censura total a una apertura cada vez mayor, queriendo presentarse finalmente como ejemplos de la libertad de expresión y de la democracia periodística. La militancia priísta de la televisión comercial, tanto de Televisa como de TV Azteca es proverbial. La culminación del monopolio de Televisa en la televisión privada, con la venta de Imevisión a Ricardo Salinas Pliego estimula inicialmente la competencia, aunque en materia de filiación oficialista, se disputan entre sí los favores gubernamentales. Las televisoras son manejadas desde las instancias del poder priísta, del salinismo y el zedillismo, como los últimos gobiernos tecnocráticos del viejo régimen. Las televisoras callaban ostensiblemente ante asuntos controvertidos y manejaban a su conveniencia información, escenarios y percepciones públicas. La inequidad en medios resultó escandalosa en las elecciones del 88 y aun en las del 94. En este año se da el primer debate televisado de candidatos presidenciales, en un afán desesperado del salinismo, por legitimar las elecciones, ante la crisis política de entonces, con el alzamiento zapatista y el asesinato del candidato priísta Luis Donaldo Colosio. En la elección del 94, entra en operación todo un complejo mediático, que involucra la radio y la televisión, las encuestadoras, los sondeos de opinión, la publicidad y la mercadotecnia, así como la prensa, con periodistas, académicos e intelectuales discutiendo y perfilando un resultado exitoso para el candidato priísta. 

Esa misma receta ya no funciona en el 2000. La nación está agobiada de tantos años de priísmo y el candidato panista Vicente Fox se alza con el triunfo capitalizando la molestia antipriísta. Fox era un fenómeno y un producto mediático de la oposición política. Las televisoras privadas titubean entre su militancia priísta y su conversión a favor de una alternativa opositora que presentaba una vía de transición suave a la democracia. Con más o menores reticencias, la conversión se dio y los medios de comunicación se tuvieron que presentar como más plurales y diversos. Hasta la izquierda electoral de Cárdenas y luego de AMLO entra a los medios. López Obrador fue otro caso mediático, cuando era jefe de gobierno del DF y aparecía como la figura contrastante del gobierno foxista. Ya en marcha el proceso electoral del 2006, los medios de comunicación se inclinan mayoritariamente a favor del candidato panista Felipe Calderón y actúan abiertamente en contra del candidato perredista López Obrador. AMLO es derrotado y los mass media se percatan del poder que tienen para imponer o vetar, para inflar o doblegar a políticos profesionales, a figuras públicas y quizás a jugar directamente en la sucesión presidencial. Así le van preparando el camino a un desconocido legislador, convertido en gobernador del Estado de México y en prospecto presidencial, Enrique Peña Nieto. Televisa, como el ariete de un complejo empresarial, mediático y militar empuja la restauración del viejo régimen priísta con un personaje de telenovela y con un protagonismo decisivo de los mass media. La relación se invierte, el poder político y el PRI están ahora al servicio de las empresas de la comunicación masiva. 

Así entramos al año del 2012 con el empeño de Televisa por sacar adelante al candidato tempranero que es Peña Nieto. Con la opción madrugadora el cálculo sería aglutinar en torno a una candidatura restauradora las “fuerzas vivas” de lo que sobrevive aún del viejo régimen y a eso añadirle las fuerzas emergentes hastiadas de las malas administraciones panistas. El cálculo les ha salido mal. Peña Nieto se va desinflando mucho antes del inicio de las campañas electorales y la disputa se va cerrando. Lo que estaba previsto como un acto de coronación se va convirtiendo en una elección que amenaza con volverse competida, con el riesgo de que los  priístas no ganen. Nadie sabe cuál será el resultado de la elección presidencial de este año. Lo que resulta indudable es que mucha gente, muchos más de lo que pensábamos no se tragan fácilmente los mensajes televisivos, no aceptan acríticamente y mansamente la candidatura priísta mediática y le dan la espalda al poder inmenso de las televisoras privadas. Se les ha caído el monopolio de la opinión pública. Ahora se les responde y se les contesta, ya no sólo desde la calle y la plaza pública, sino de otros espacios mediáticos. Desde las redes sociales, los blogs, los correos electrónicos, otra realidad comunicativa, más veloz, más horizontal, más directa, le entra a la disputa por la opinión pública, pulveriza la realidad mediática y lanza un desafío a los medios de comunicación convencionales. Al brindarle nuevamente su apoyo a un solo partido y a un candidato mimado y sobreprotegido, los mass media pierden centralidad y credibilidad. La apuesta fuerte por Peña Nieto les está resultando muy costosa. Ya no existe más esa minoría de edad del pueblo mexicano. La realidad se muestra más al desnudo y es susceptible de varias lecturas, interpretaciones y mediaciones. En múltiples audiencias, otras voces y otras opiniones, se abren paso y se quiebra el monopolio de quienes se sentían los dueños del micrófono. Así que más allá del resultado electoral de este año, algo nuevo se está explorando en materia de la comunicación de masas. i 
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