José Luis Tejeda González. Escritor/Profesor Universitario

Ayotzinapa: el dolor y la indignación.

09 Dic 2014 - 09:17:12

 

Ayotzinapa: el dolor y la indignación.


 


Un hecho fortuito e incidental sería la gota que derramó el vaso. Un grupo de estudiantes normalistas, preparándose para asistir a los festejos del 2 de Octubre realizan una parada en la ciudad de Iguala, Guerrero. Un alcalde y su esposa, al frente del Estado y el crimen organizado, desatan una represión brutal y feroz contra los estudiantes movilizados. Asesinan a 6 personas, uno de ellos torturado y desollado por la misma policía y desaparecen a 43 normalistas. Ya no se trata de daños colaterales, ni de la guerra entre las bandas del crimen organizado, o del Estado combatiendo al narco. Aquí el mensaje y las implicaciones políticas son directas. Es la violencia brutal del Estado contra quienes protestan y manifiestan su inconformidad por el rumbo que toma el país. El ataque es dirigido contra estudiantes normalistas, campesinos y humildes, que acentúa más el estado de indefensión y vulnerabilidad en que estaban. Los hechos desatan la rabia y la indignación de amplios sectores de la población mexicana y del extranjero.


 


La crisis política y moral provocada por la matanza de Iguala y las desapariciones de los normalistas toca al fondo del problema del narcogobierno mexicano. Sale de las sombras y queda evidenciada y al desnudo la complicidad del poder político mexicano con la delincuencia organizada. Y es que en México en lugar de darse la transición política a la democracia se acabó en el pantano del narcoEstado. Era sabida la complicidad y el contubernio del régimen priísta con el hampa. Se confundían y mezclaban. La llegada al poder del panismo en el año 2000 no cambió mucho las cosas. Hubo un reacomodo en las alianzas y en las relaciones del Estado con el crimen organizado. El déficit de legitimidad democrática del gobierno de Calderón sería subsanado con la guerra frontal contra el crimen organizado. Se salió de control y se intensificó la violencia y la inseguridad, las divisiones y rencillas de las bandas, las disputas de los cárteles y el enfrentamiento del Estado con fracciones del crimen organizado. El resultado es conocido por todos. Eso lleva a un desgaste agudo de la última administración panista. Ante eso, se impone la insensatez de pretender regresar al orden criminal instituido por el régimen priísta. El regreso y la restauración del priísmo implicaba volver a los arreglos convencionales con las bandas del crimen organizado. Con azoro y sorpresa, observamos como “intelectuales”, “académicos” y “periodistas” hablaban y escribían, en horarios estelares y en columnas de la prensa nacional, acerca de pactar con el crimen  organizado. El triunfo de Peña Nieto y el regreso del priísmo aparecía como la consagración de que el viejo régimen, con sus arreglos extralegales, sus transas y su corrupción institucionalizada, eran el habitus normal del ejercicio del poder político en México.


 


A diferencia del pasado, ya no bastaba con el regreso del PRI, sino que necesitaba de andaderas políticas. Tenían que cooptar y reducir a los partidos de oposición a la condición de paraestatales. El manto protector de la impunidad se ampliaría a los antiguos partidos opositores. Ya era insuficiente la estructura política priísta para controlar y contener a la sociedad mexicana. Y los antiguos partidos opositores, el PAN y el PRD dejarían de serlo. La restauración del autoritarismo les contempla como partidos satélites, sometidos y subordinados al nuevo régimen priísta. Las reglas del juego del viejo régimen priísta se amplían a la derecha e izquierda electoral. Los hábitos y prácticas del priísmo colonizaron a las otras formaciones políticas, proclamando la imposibilidad de la democracia y del Estado de derecho. Se ha intentado imponer la idea y la realidad de que en México, no hay más ruta que la marcada por el autoritarismo priísta. Esta conclusión nefasta es la que permea el pretendido retorno triunfal del PRI a la Presidencia de la república. Ante un proceso electoral tan amañado y viciado, armado de antemano en las cúpulas del país y el extranjero, se esperaba la resistencia política de las oposiciones antiguas. De manera sorprendente, el PAN y el PRD se pliegan al retorno del priísmo y firman  el “Pacto por México”, que daría lugar a las reformas privatizadoras y empresariales, con las que han intentado darle el último giro a la vida nacional. No sólo eso, intentan sepultar el proyecto democrático, ampliando el manto de la impunidad y las complicidades, recurriendo todos cada vez más a la vía represiva. Se trata de quedar bien con los de arriba, con los poderes fácticos y reales, con quienes mandan y deciden en el país, dándole la espalda en definitiva a los ciudadanos y al pueblo de México. Es por eso, que el PAN y el PRD serían cómplices en el restablecimiento del régimen autoritario. Hasta pareciera que compiten por ser más lesivos para los intereses ciudadados. Eso explica, el comportamiento de policía y protector de Peña Nieto desarrollado por el gobierno perredista capitalino o el impulso de la Ley Bala en el gobierno aliancista poblano de Moreno Valle. Y así, hasta llegar al caso Ayotzinapa.


 


En la normal rural de Ayotiznapa, se concentran muchas de las tensiones nacionales. Es una institución heredera de la tradición revolucionaria del Siglo XX mexicano. De ahí salieron líderes guerrilleros y se impulsaron movimientos sociales que han expresado el rechazo a los gobiernos priístas y más recientemente a las políticas neoliberales. La llegada al poder de Peña Nieto, es la coronación del proyecto neoliberal y globalizador, tan propio de las empresas multinacionales y el capital privado. Una de las reformas centrales, aprobadas en la actual administración, es la educativa. Una parte de la misma está diseñada para aumentar el control de los maestros a partir de una pretendida evaluación docente. Y dentro del normalismo, las escuelas rurales están en las antípodas del modelo hegemónico. Las normales rurales, comprometidas con un pasado revolucionario, en pleno ajuste neoliberal, son golpeadas persistentemente por gobiernos que las ignoran y relegan. Ya era común la movilización normalista y magisterial en Ayotzinapa y los choques con las autoridades educativas y el poder político en turno. Un incidente, una provocación, haría que la tensión ya existente estallara, ante la incapacidad del Estado mexicano para manejar y administrar un conflicto social, político y educativo. En Ayotzinapa, queda evidenciado el intento tan común a la clase política, los empresarios, la policía y el ejército por establecer un Narco Estado. A los normalistas desaparecidos se los llevaron policías uniformados e incluso los que cayeron en el día de los acontecimientos, son asesinados por las fuerzas del Estado. Es muy grave y peligroso, que se esgrima que la culpa la tiene sólo el narco por infiltrar y apropiarse de las fuerzas policíacas del Estado. Es tan grande el riesgo que implica el narcoEstado, que se confunden los límites de las autoridades legítimas con las fuerzas del crimen organizado. Se refleja, también la profundidad que alcanza la crisis en materia de violaciones a las garantías individuales y en derechos humanos. Ante miles de desaparecidos, asesinados, ejecutados, secuestrados, extorsionados, esclavizados, lo de Ayotzinapa es ya inadmisible. La desaparición forzada, crimen de lesa humanidad, nos daña y afecta a todos. Nos han llevado a territorios de la barbarie. Se tiene que defender un proyecto de civilización para México, que implica reconstruir sus bases republicanas y democráticas. No hay cabida para un régimen sustentado en el terror y en el crimen. De ese tamaño es el dilema que se nos presenta con la masacre de Iguala.


 


Y dentro de todo lo negativo y oscuro que nos presenta el panorama, lo importante es que una parte significativa de la población mexicana se ha movilizado, se ha vencido el pánico y el miedo, ha salido a la calle, está protestando, ha sido sensible ante lo que significa el caso de Ayotzinapa y se le está cambiando el rostro político al país. A partir de la presión social y popular, se obliga al régimen a dar la cara. El manto de impunidad cubre a toda la clase política y lo de Ayotzinapa les pone al descubierto. El alcalde de Iguala salió huyendo y está detenido, el gobernador pidió licencia para retirarse del cargo. Las impericias y complicidades del gobierno federal han exhibido a los altos mandos del país, civiles y militares. El desprestigio y la impopularidad del gobierno federal con Peña Nieto a la cabeza es mayúsculo. Ante el extranjero, no caben las sutilezas del caso y la masacre de Iguala exhibe la incompetencia y la responsabilidad del gobierno federal. Los crímenes de Ayotzinapa expresan el lado oscuro del “Pacto por México”, la cobertura para la impunidad y la protección de los poderosos. Se han pagado las consecuencias de la ramificación de relaciones y complicidades del Estado mexicano con el crimen organizado. Y eso no pasa sólo en Guerrero. Más bien tendríamos que cuestionarnos cuantas entidades escapan a esta lógica perversa. La élite global, los gobiernos de las potencias del mundo y los medios de comunicación internacionales, muy interesados en apoyar y cobijar a un gobierno mexicano plegado a los intereses del gran capital, en algunos casos han tenido que guardar distancia, mostrarse precavidos y condenar un acto, a todas luces lesivo para la humanidad. Es inadmisible, que en una nación de un mundo que se dice civilizado, un grupo de policías, asesina y desaparezca a estudiantes normalistas y nadie diga nada o se mantenga el hecho en un bajo perfil. De ahí la simpatía que ha generado en el mundo, ante la amenaza de que los Estados adquieran un perfil cada vez más criminal. El pueblo mexicano, que había aguantado y soportado toda clase de injusticias, vejaciones, humillaciones y crímenes se ha percatado de lo que está en juego y lo que se vislumbra para el futuro. Ya está de por medio, nuestro nivel de vida, nuestra subsistencia y los valores más preciados, como la libertad, los pocos espacios democráticos que nos quedan y los últimos reductos de resistencia a un modelo de orden global, asesino, depredador, genocida. Han ido demasiado lejos en su ambición, en su codicia, en su bestialidad y en su crueldad. Ya no se les puede permitir que sigan avanzando. Ya no más.










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